¿PORQUE ME HICE LUTHIER? (Cont.)

 

     

Este primer experimento, me hizo comprender, con absoluta claridad, que en Málaga no estaba el camino hacia la lutheria, y después de otra experiencia parecida en Madrid, supe que en el resto de España tampoco, y a partir de aquí, decidí marchar a Italia aprovechando un apoyo familiar, ya establecido en Biella, ciudad del Piamonte, entre Turín y Milán.

En mi primer viaje, hice un recorrido entre Biella, Cremona, Milán y Turín, y pude comprobar que se podía vivir construyendo modelos para la fundición o restaurando muebles antiguos. Aunque esta no era mi meta, sí podía ser el medio, como así fue. A principio de los setenta, y resuelto todo el problema residencial, monté mi taller como luthier. Por entonces no pertenecíamos a la Comunidad Europea.

Mi primer violín, el mismo que los de Málaga, al saber que lo había hecho yo, llamaron un mueble bien hecho, me lo compró un violinista de Turín al que le gustó el sonido. Aquel fue mi primer modesto triunfo en la lutheria, ¡Cuánto me gustaría tener ese violín, para exponerlo con una etiqueta que dijese: Mueble Barroco del siglo XX!

En los primeros años, salí adelante con restauraciones de muebles antiguos, trabajo bien pagado en aquella zona, y algunas restauraciones que, con pies de plomo, fui realizando en diversos instrumentos. Esta decisión me obligó a recabar datos de donde podía, nunca hice nada a ciegas en mi trabajo durante toda mi vida y así, mis conocimientos se fueron enriqueciendo durante años de investigación, desde mis principios como autodidacta.

Poco a poco fui descubriendo en el desarrollo de mi trabajo, que casi todo el proceso constructivo que yo aplicaba de forma intuitiva, formaba parte de la más pura tradición, sintiendo por ello una gran satisfacción, al mismo tiempo que lamentaba el haber tenido que inventar o descubrir lo que ya estaba inventado y descubierto, por falta de Escuelas o Maestros abiertos a la enseñanza.

En la primera trienal Internacional que se celebró en Cremona, el 1976, con el nombre de Antonio Stradivario, participé con un violín y una viola, y fui el primer español admitido y diplomado en este prestigioso concurso. Después participé, con los mismos resultados, en las tres siguientes trienales de 1979, 1982, y 1985, con violonchelo las dos primeras y con un contrabajo la última.

A partir de la primera trienal, se acabaron las restauraciones de muebles y modelos de fundición, y también las hormas que hice para el calzado, a un zapatero de fama internacional que colaboraba con un traumatólogo de Turín.

Fue uno de los mejores artesanos que conocí en Italia, al que enseñé a construirse sus hormas.

No me faltó trabajo como luthier, y mi nombre desde Biella, empezó a ser conocido como constructor y restaurador, entre músicos de la RAI de Turín y Milán, en Orquestas de los Teatros Regio de Turín o de La Scala en Milán, y en Conservatorios de estas ciudades y de Alesandria, así como del Instituto Lorenzo Perossi de Biella. Todas estas Orquestas y Conservatorios están muy relacionadas entre sí, a través de Catedráticos, Profesores e Instrumentistas.

En aquellos diez años que estuve en Italia, ocho como luthier reconocido, desde 1976, construí tres violines, dos violas, dos violonchelos, un contrabajo, tres guitarras, un laúd, un clave y algunos arcos de contrabajo y restauraciones, sin dejar la investigación, entre libros, revistas y viejos tratados conservados en algunas Bibliotecas, que unidos a mis relaciones con Orquestas, Profesores y algunos Maestros italianos de criterios muy personales, empecé a distinguir lo subjetivo y pasional, de lo esencial y también pasional de la Lutheria.

Nunca pensé en construir guitarras. Mis primeros pasos en Málaga no fueron como yo habría deseado, pero después de hacer el laúd renacentista por encargo de Angelo Giraldino para un alumno suyo, él me pregunto: ¿Cómo es posible que siendo español y andaluz no construyas guitarras?, comentamos el tema y me encargó una. De este gran guitarrista y compositor y de otros grandes de la música y la cultura de allí, guardo muy buenos recuerdos, además de mi gratitud por todo lo que aprendí con ellos.

Todos los martes por la tarde, en los últimos años de mi estancia allí, se reunían en mi taller cinco músicos, amigos de Biella, dos profesionales y tres aficionados. Yo hacía el sitio, entre maderas, trabajos y herramientas, para situar los atriles y preparar algún tapeo. Ellos traían sus instrumentos, construidos por mí, sus sillas y sus botellas de excelente vino piamontés. Así pasamos tardes inolvidables, interpretando Música de Bocherini, Mozart o Rossini, entre copas de “Barbera” y “Griñolino”.

 

 

 

 

Con esfuerzo y dedicación, pronto alcancé prestigio y reconocimiento a mi trabajo en un ambiente musical entendido y exigente, pero me dolían los comentarios tan negativos que hacían de la lutheria española; era algo que no podía soportal y el malestar que me producía iba en aumento. Yo mismo me preguntaba ¿Por qué mis sentimientos se ven alterados por unas críticas que no afectan a mi trabajo ni a mi persona? Eran preguntas que, unidas al sentido práctico de la vida y al llamado sentido común de la familia, se enfrentaban en una lucha diaria dentro de mi mente, a mi personal visión de la vida, a mi sentido menos común y a mis ideales. Como resultado de estas luchas y largas reflexiones, se fue gestando en mi cabeza soñadora la idea de una Escuela de Lutheria en España.

La decisión ya estaba tomada. Mis hijas mayores habían terminado sus estudios, mi único hijo barón, que ya pasaba las horas libres en mi taller, había hecho la básica y la pequeña, nacida allí, empezaba al siguiente año su primera Escuela Elemental, por tanto era el momento más favorable para volver, 1983.

En contraste con la idea que tenían entonces en la Italia del Norte, sobre la Lutheria en España, existe reconocimiento y admiración hacia nuestra guitarra y sus constructores.

Fácil de comprender, si tenemos en cuenta que esa misma admiración y reconocimiento, es compartido por todo el mundo, sin olvidar que la guitarra actual es el resultado de la aportación de los grandes maestros españoles, alcanzando su máximo esplendor en la segunda mitad del siglo XIX, con la aportación del almeriense Antonio Torres, conocedor de las distintas Escuelas Andaluzas que, aplicando estos conocimientos con bastante acierto, creó el prototipo que da origen a la guitarra moderna, insuperable en estética y sonido.
 

 

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