¿PORQUE ME HICE LUTHIER?

 

     

Nací en un pueblo de Córdoba al final de 1933, y los primeros recuerdos grabados con claridad en mi memoria datan de 1937, en El Puerto de Santa María. De aquel pasado, recuerdo que se cantaba o canturreaba acompañando los quehaceres cotidianos de la casa, costumbre que se ha ido perdiendo. Esto fue el primer estímulo que despertó mis sentidos hacia la música. Mi abuelo cantaba en el baño, casi siempre el mismo fragmento, de “El puñado de Rosas” “Pues óyeme paloma, tengo yo allá en Triana, en medio de los campos…” , mi madre cantaba, tocaba el piano y tenía un repertorio mucho más extenso, que abarcaba varias zarzuelas, tangos de Gardel y algunas canciones populares. Además teníamos una lavandera que cantaba flamenco con exquisita gracia y repetía todos los cantes de Canalejas de Puerto Real, entonces muy en boga.

 

Allá por el 1940 yo tenía siete años y mi madre me llevó al teatro, a ver una zarzuela. Era La Dolorosa del maestro Serrano, y desde aquella primera experiencia, supe que la música es la forma más bella para expresar nuestros sentimientos. A pesar de su escaso protagonismo dentro de la obra, me impresionó la voz del padre prior, cuando decía, “Hermano Rafael, su puesto esta en la Iglesia …. Aquella voz de barítono me gustó tanto como la del tenor, con más protagonismo en el reparto. Más adelante fui descubriendo las demás voces en sus distintas tesituras, la zarzuela y la ópera, y los primeros contactos con la música sinfónica. En aquellos años de guerra y posguerra yo era un niño afortunado, era el miembro más pequeño de una familia acomodada, que aún no había comprendido bien la trágica muerte de mi padre, victima de la barbarie en 1936.

No pasó mucho tiempo para entenderlo. Debido a un cambio desfavorable en la economía familiar, tuve que dejar el bachillerato en el primer año y los estudios musicales, sin comprender el porqué. Tuvieron que pasar algunos años de incertidumbre, para entender y acomodarme a la nueva situación, en nuestro deambular hasta Málaga en 1945.

En 1948 ingresé en la Escuela de Formación, inaugurada aquel mismo año. Allí descubrí la madera, como uno de los materiales más nobles que nos brinda La Naturaleza , sin necesidad de ninguna transformación, y allí empezó mi vida artesanal enamorado de este noble material, como modelista de fundición, sin dejar de practicar la ebanistería y la talla en el taller de Amable Rodríguez Alonso, que fue mi primer y siempre recordado maestro.

A los veinte años ingresé en una empresa metalúrgica, y a los dos años, su director me propuso estudiar en La Escuela de Peritos. Acepté el ofrecimiento y pronto desarrollé otra de mis pasiones, el dibujo y la geometría, a un nivel superior al que ya tenía.

Con los conocimientos y habilidad, adquiridos como modelista, en la elaboración de la madera y el dibujo, unidos a mi pasión por la música, teniendo el reconocimiento y admiración de mis compañeros, con veintitrés años, se puede comprender que me sintiese capaz de afrontar, dentro de la lutheria, la construcción de cualquier instrumento musical. Algunos ebanistas habían construido una guitarra, copiando de aquí y de allá, a ciegas, por falta de datos fiables. Comentaban que cuando visitaban el taller de algún guitarrero, este tapaba rápidamente lo que estuviese haciendo, para que no lo vieran, incluso uno de ellos que había construido su primera guitarra, ya se consideraban en posesión de algún secreto, naturalmente era el más ignorante.

A mi lo que más me interesaba eran los instrumentos de arco y buscando información, entre un libro cargado de ambigüedades y algunos violines de escaso valor que pude conseguir, pasaron muchos años antes de construir mi primer violín. Ya tenía una familia, había trabajado en una filial de la Mercedes , en Alemania, como modelista, y más tarde desde un cargo directivo en el amueblamiento de una empresa inmobiliaria, fui recopilando datos, dentro del hermético mundo de la lutheria española, en aquella década de los sesenta.

Sabía también que guitarrería y lutheria, son culturas que van por sendas bien diferenciadas, en la construcción de instrumentos musicales, como explico más adelante.

Entre muchos errores y algunos aciertos, en distintas pruebas, conseguí hacer mi primer violín y lo presenté a varios violinistas de Málaga, les dije que lo había comprado en Cremona. Después de probarlo, se deshacían en elogios sobre su timbre y sonoridad, pero cuando les dije la verdad, el violín poco a poco fue perdiendo todas sus cualidades acústicas, para convertirse en un mueble bien hecho, ¡al menos me dejaron algo!

 

Inicio

 

 

Historia